EXTRACTO DE LA
EXHORTACIÓN
APOSTÓLICA
DILEXI
TE
DEL
SANTO PADRE LEÓN XIV
SOBRE EL AMOR HACIA LOS POBRES
CAPÍTULO
PRIMERO
ALGUNAS
PALABRAS INDISPENSABLES
Aquel
Jesús que dice: «A los pobres los tendrán siempre con ustedes»
(Mt
26,11)
expresa el mismo concepto que cuando promete a los discípulos: «Yo
estaré siempre con ustedes» (Mt
28,20).
Y al mismo tiempo nos vienen a la mente aquellas palabras del Señor:
«Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo
hicieron conmigo» (Mt
25,40).
(5)
La
opción preferencial por los pobres genera una renovación
extraordinaria tanto en la Iglesia como en la sociedad, cuando somos
capaces de liberarnos de la autorreferencialidad y conseguimos
escuchar su grito.(7)
Escuchando
el grito del pobre, estamos llamados a identificarnos con el corazón
de Dios, que es premuroso con las necesidades de sus hijos y
especialmente de los más necesitados. (8)
Existen
muchas formas de pobreza: aquella de los que no tienen medios de
sustento material, la pobreza del que está marginado socialmente y
no tiene instrumentos para dar voz a su dignidad y a sus capacidades,
la pobreza moral y espiritual, la pobreza cultural, la del que se
encuentra en una condición de debilidad o fragilidad personal o
social, la pobreza del que no tiene derechos, ni espacio, ni
libertad.89(9)
Eso
significa que todavía persiste —a veces bien enmascarada— una
cultura que descarta a los demás sin advertirlo siquiera y tolera
con indiferencia que millones de personas mueran de hambre o
sobrevivan en condiciones indignas del ser humano.(11)
Recordemos
que «doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de
exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran
con menores posibilidades de defender sus derechos. Sin embargo,
también entre ellas encontramos constantemente los más admirables
gestos de heroísmo cotidiano en la defensa y el cuidado de la
fragilidad de sus familias». [8]
Si
bien en algunos países se observan cambios importantes, «la
organización de las sociedades en todo el mundo todavía está lejos
de reflejar con claridad que las mujeres tienen exactamente la misma
dignidad e idénticos derechos que los varones. Se afirma algo con
las palabras, pero las decisiones y la realidad gritan otro mensaje»,
[9]
sobre
todo si pensamos en las mujeres más pobres. (12)
Prejuicios
ideológicos
Porque
en otros tiempos, por ejemplo, no tener acceso a la energía
eléctrica no era considerado un signo de pobreza ni generaba
angustia. La pobreza siempre se analiza y se entiende en el contexto
de las posibilidades reales de un momento histórico concreto». [10]
Sin
embargo, más allá de las situaciones específicas y contextuales,
en un documento de la Comunidad Europea, en 1984, se afirmaba que «se
entiende por personas pobres los individuos, las familias y los
grupos de personas cuyos recursos (materiales, culturales y sociales)
son tan escasos que no tienen acceso a las condiciones de vida
mínimas aceptables en el Estado miembro en que viven». [11]
Pero
si reconocemos que todos los seres humanos tienen la misma dignidad,
independientemente del lugar de nacimiento, no se deben ignorar las
grandes diferencias que existen entre los países y las regiones.(13)
También
los cristianos, en muchas ocasiones, se dejan contagiar por actitudes
marcadas por ideologías mundanas o por posicionamientos políticos y
económicos que llevan a injustas generalizaciones y a conclusiones
engañosas. El hecho de que el ejercicio de la caridad resulte
despreciado o ridiculizado, como si se tratase de la fijación de
algunos y no del núcleo incandescente de la misión eclesial, me
hace pensar que siempre es necesario volver a leer el Evangelio, para
no correr el riesgo de sustituirlo con la mentalidad mundana. No es
posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la
corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo
momento histórico.(15)
CAPÍTULO
SEGUNDO
DIOS
OPTA POR LOS POBRES
La
opción por los pobres
Con
una mirada misericordiosa y el corazón lleno de amor, Él se dirigió
a sus criaturas, haciéndose cargo de su condición humana y, por
tanto, de su pobreza. Precisamente para compartir los límites y las
fragilidades de nuestra naturaleza humana, Él mismo se hizo pobre,
nació en carne como nosotros, lo hemos conocido en la pequeñez de
un niño colocado en un pesebre y en la extrema humillación de la
cruz, allí compartió nuestra pobreza radical, que es la muerte.
(16)
Jesús,
Mesías pobre
Desde
su llegada al mundo, Jesús experimentó las dificultades relativas
al rechazo. El evangelista Lucas, narrando la llegada a Belén de
José y María, ya próxima a dar a luz, observa con amargura: «No
había lugar para ellos en el albergue» (Lc
2,7).
Jesús nació en condiciones humildes; recién nacido fue colocado en
un pesebre y, muy pronto, para salvarlo de la muerte, sus padres
huyeron a Egipto (cf. Mt
2,13-15).
Al inicio de la vida pública, fue expulsado de Nazaret después de
haber anunciado que en Él se cumple el año de gracia del que se
alegran los pobres (cf. Lc
4,14-30).
No hubo un lugar acogedor ni siquiera a la hora de su muerte, ya que
lo condujeron fuera de Jerusalén para crucificarlo (cf. Mc
15,22).
En esta condición se puede resumir claramente la pobreza de Jesús.
Se trata de la misma exclusión que caracteriza la definición de los
pobres: ellos son los excluidos de la sociedad. Jesús es la
revelación de este privilegium
pauperum.
Él se presenta al mundo no sólo como Mesías pobre sino como Mesías
de los pobres y para los pobres.(19)
Los
signos que acompañan la predicación de Jesús son manifestación
del amor y de la compasión con la que Dios mira a los enfermos, a
los pobres y a los pecadores que, en virtud de su condición, eran
marginados por la sociedad, pero también por la religión. Él abre
los ojos a los ciegos, cura a los leprosos, resucita a los muertos y
anuncia la buena noticia a los pobres; Dios se acerca, Dios los ama
(cf. Lc
7,22).
… por eso, aun en la condición de pobreza o debilidad, ya ninguno
debe sentirse abandonado. Y la Iglesia, si quiere ser de Cristo, debe
ser la Iglesia de las Bienaventuranzas, una Iglesia que hace espacio
a los pequeños y camina pobre con los pobres, un lugar en el que los
pobres tienen un sitio privilegiado (cf. St
2,2-4).(21)
En
otros textos se encuentra una enseñanza que también invita al
respeto —por no decir incluso al amor— del enemigo: «Si
encuentras perdido el buey o el asno de tu enemigo, se los llevarás
inmediatamente. Si ves al asno del que te aborrece, caído bajo el
peso de su carga, no lo dejarás abandonado; más aún, acudirás a
auxiliarlo junto con su dueño» (Ex
23,4-5).
De todo esto se trasluce el valor intrínseco del respeto a la
persona: cualquiera, incluso el enemigo, si se encuentra en
dificultad, merece siempre nuestra ayuda.(25)
La misericordia hacia los pobres en la Biblia
El
Señor mismo nos enseña que todo acto de amor hacia el prójimo es
de algún modo un reflejo de la caridad divina: «Les aseguro que
cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo
hicieron conmigo» (Mt
25,40).(26)
Por
esta razón se recomiendan las obras de misericordia, como signo de
la autenticidad del culto ... En este sentido, la relación con el
Señor, que se expresa en el culto, pretende también liberarnos del
riesgo de vivir nuestras relaciones en la lógica del cálculo y del
interés, para abrirnos a la gratuidad que circula entre aquellos que
se aman y que, por eso, ponen todo en común. (27)
La
Palabra de Dios nos indica que la generosidad para con los pobres es
un verdadero bien para quien la practica; de hecho, comportándonos
así, somos amados por Dios de modo especial. (33)
CAPÍTULO
TERCERO
UNA
IGLESIA PARA LOS POBRES
La
Iglesia «reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su
Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y
procura servir en ellos a Cristo». (36)
Los
Padres de la Iglesia y los pobres
La
caridad hacia los necesitados no se entendía como una simple virtud
moral, sino como expresión concreta de la fe en el Verbo encarnado.
(39)
San
Juan Crisóstomo… «¿Quieres
honrar el Cuerpo de Cristo? No permitas que sea despreciado en sus
miembros, es decir, en los pobres que no tienen qué vestir, ni lo
honres aquí en el templo con vestiduras de seda, mientras fuera lo
abandonas al frío y a la desnudez [...]. En el templo, el Cuerpo de
Cristo no necesita mantos, sino almas puras; pero en la persona de
los pobres, Él necesita todo nuestro cuidado… …«¿De qué
serviría, al fin y al cabo, adornar la mesa de Cristo con vasos de
oro, si Él muere de hambre en la persona de los pobres? Primero da
de comer al que tiene hambre y luego adorna su mesa con lo que
sobra». (41) … …la caridad no es una vía opcional, sino
el criterio del verdadero culto.
San
Agustín
Atended
a vuestros hermanos, si necesitan algo; dad, si Cristo está en
vosotros, incluso a los extranjeros». [35]
Este
compartir los bienes brota, por tanto, de la caridad teologal y tiene
como fin último el amor a Cristo. Para Agustín, el pobre no es sólo
alguien a quien se ayuda, sino la presencia sacramental del Señor.
(44)
El
Altísimo no se deja vencer en generosidad por aquellos que le sirven
en los más necesitados; cuanto mayor es el amor a los pobres, mayor
es la recompensa por parte de Dios. (45)
El
Evangelio sólo se anuncia bien cuando llega a tocar la carne de los
últimos, y advirtiendo que el rigor doctrinal sin misericordia es
una palabra vacía. (48)
Cuidar
a los enfermos
San
Cipriano…r: «Esta epidemia que parece tan horrible y funesta pone
a prueba la justicia de cada uno y examina el espíritu de los
hombres, verificando si los sanos sirven a los enfermos, si los
parientes se aman sinceramente, si los señores tienen piedad de los
siervos enfermos, si los médicos no abandonan a los enfermos que
imploran». [38]
La
tradición cristiana de visitar a los enfermos, de lavar sus heridas,
de consolar a los afligidos no se reduce a una mera obra de
filantropía, sino que es una acción eclesial a través de la cual,
en los enfermos, los miembros de la Iglesia «tocan la carne
sufriente de Cristo». (49)
san
Juan de Dios, … «cada uno solicite al Señor la gracia de tener un
afecto maternal hacia su prójimo para poderlo servir con todo amor
caritativo, en el alma y el cuerpo; porque deseamos —con la gracia
de Dios— servir a todos los enfermos con el mismo afecto que una
madre amorosa suele asistir a su único hijo enfermo». (50)
La
presencia cristiana junto a los enfermos revela que la salvación no
es una idea abstracta, sino una acción concreta. En el gesto de
limpiar una herida, la Iglesia proclama que el Reino de Dios comienza
entre los más vulnerables. Y, al hacerlo, permanece fiel a Aquel que
dijo: «Estaba […] enfermo, y me visitaron» (Mt
25,35.36).
Cuando la Iglesia se arrodilla junto a un leproso, a un niño
desnutrido o a un moribundo anónimo, realiza su vocación más
profunda: amar al Señor allí donde Él está más desfigurado.(52)
El
cuidado de los pobres en la vida monástica
San
Basilio Magno [...]. Este modo de vida es provechoso no sólo
para someter el cuerpo, sino también por la caridad hacia el
prójimo, para que, por medio de nosotros, Dios provea lo suficiente
a los hermanos más débiles». (53)
san
Benito de Nursia: «Mostrad sobre todo un cuidado solícito en la
recepción de los pobres y los peregrinos, porque sobre todo en ellos
se recibe a Cristo». … El compartir entre los monjes, la
atención a los enfermos y la escucha de los más frágiles
preparaban para acoger a Cristo, que llega en la persona del pobre y
el extranjero. (55)
Liberar
a los cautivos
san
Juan de Mata y san Félix de Valois (trinitarios), san Pedro Nolasco
con el apoyo de san Raimundo de Peñafort, dominico(mercedarios), La
liberación de los cautivos era expresión del amor trinitario: un
Dios que libera no sólo de la esclavitud espiritual, sino también
de la opresión concreta. El gesto de rescatar de la esclavitud y de
la prisión se considera una prolongación del sacrificio redentor de
Cristo, cuya sangre es el precio de nuestro rescate (cf. 1
Co
6,20).(60)
La
espiritualidad original de estas Órdenes estaba profundamente
arraigada en la contemplación de la cruz. Cristo es el Redentor de
los cautivos por excelencia, y la Iglesia, su cuerpo, prolonga este
misterio en el tiempo. [48]
Los
religiosos no veían en el rescate una acción política o económica,
sino un acto casi litúrgico, una ofrenda sacramental de sí mismos.
Muchos entregaron sus propios cuerpos para sustituir a los
prisioneros, cumpliendo literalmente el mandamiento: «No hay amor
más grande que dar la vida por los amigos» ( Jn
15,13)...
…La caridad cristiana, cuando se encarna, se convierte en
liberadora. Y la misión de la Iglesia, cuando es fiel a su Señor,
es siempre proclamar la liberación. Aún en nuestros días, en los
que existen «millones de personas —niños, hombres y mujeres de
todas las edades— privados de su libertad y obligados a vivir en
condiciones similares a la esclavitud» (61)
Testigos
de la pobreza evangélica
En
el siglo XIII, ante el crecimiento de las ciudades, la concentración
de riquezas y la aparición de nuevas formas de pobreza, el Espíritu
Santo suscitó en la Iglesia un nuevo tipo de consagración: las
Órdenes mendicantes. A diferencia del modelo monástico estable, los
mendicantes adoptaron una vida itinerante, sin propiedades personales
ni comunitarias, confiando plenamente en la Providencia. No sólo
servían a los pobres: se hacían pobres con ellos. Consideraban la
ciudad como un nuevo desierto y a los marginados como nuevos maestros
espirituales. Estas Órdenes, como los franciscanos, los dominicos,
los agustinos y los carmelitas, representaron una revolución
evangélica, en la que el estilo de vida sencillo y pobre se
convierte en un signo profético para la misión, reviviendo la
experiencia de la primera comunidad cristiana (cf. Hch
4,32).
El testimonio de los mendicantes desafiaba tanto la opulencia
clerical como la frialdad de la sociedad urbana.(63)
San
Francisco de Asís… como peregrinos y forasteros en este siglo,
sirviendo al Señor en pobreza y humildad, vayan por limosna
confiadamente, y no deben avergonzarse, porque el Señor se hizo
pobre por nosotros en este mundo».(64)
Santo
Domingo de Guzmán, … Deseaba anunciar el Evangelio con la
autoridad que brota de una vida pobre, convencido de que la Verdad
necesita testigos coherentes. El ejemplo de la pobreza de vida
acompañaba la Palabra predicada. (66)
Las
Órdenes mendicantes fueron, así, una respuesta viva a la exclusión
y la indiferencia. … Los mendicantes se han convertido en un signo
de una Iglesia peregrina, humilde y fraterna, que vive entre los
pobres no por estrategia proselitista, sino por identidad. Enseñan
que la Iglesia es luz sólo cuando se despoja de todo, y que la
santidad pasa por un corazón humilde y volcado en los pequeños.(67)
La
Iglesia y la educación de los pobres
Desde
los primeros tiempos, los cristianos se dieron cuenta de que el saber
libera, dignifica y acerca a la verdad. Para la Iglesia, enseñar a
los pobres era un acto de justicia y de fe. Inspirada en el ejemplo
del Maestro, que enseñaba a la gente las verdades divinas y humanas,
la Iglesia asumió la misión de formar a los niños y a los jóvenes,
especialmente a los más pobres, en la verdad y el amor. Esta misión
tomó forma con la fundación de Congregaciones dedicadas a la
educación popular.(68)
En
el siglo XVI, san José de Calasanz,... creó la primera escuela
pública popular gratuita de Europa. … llamados escolapios, con el
fin de transmitir a los jóvenes «la ciencia profana, al igual que
la sabiduría del Evangelio, enseñándoles a descubrir en sus
acontecimientos personales y en la historia la acción amorosa de
Dios creador y redentor»… …en el siglo XVII san Juan Bautista de
La Salle, dándose cuenta de la injusticia causada por la exclusión
de los hijos de obreros y campesinos del sistema educativo de Francia
en aquel tiempo, fundó los Hermanos de las Escuelas Cristianas, con
el ideal de ofrecerles educación gratuita, una sólida formación y
un ambiente fraternal. La Salle veía el aula como un lugar para el
desarrollo humano, pero también para la conversión. (69)
siglo
XIX, también en Francia, san Marcelino Champagnat fundó el
Instituto de los Hermanos Maristas de las Escuelas, «sensible a las
necesidades espirituales y educativas de su época, especialmente a
la ignorancia religiosa y a las situaciones de abandono que vivía
particularmente la juventud», [59]
dedicándose
de lleno, en una época en la que el acceso a la educación era
todavía privilegio de unos pocos, a la misión de educar y
evangelizar a los niños y jóvenes, sobre todo a los más
necesitados. Con el mismo espíritu, en Turín, san Juan Bosco inició
la obra salesiana, basada en los tres principios del “sistema
preventivo” —razón, religión y amor— [60]
y
el beato Antonio Rosmini fundó el Instituto de la Caridad, (70)
Muchas
Congregaciones femeninas fueron también protagonistas de esta
revolución pedagógica. Las ursulinas, las monjas de la Orden de la
Compañía de María Nuestra Señora, las Maestras Pías y muchas
otras fundadas especialmente en los siglos XVIII y XIX… …La
educación de las niñas, en particular, se convirtió en una
prioridad. Las religiosas alfabetizaban, evangelizaban, trataban de
cuestiones prácticas de la vida cotidiana, elevaban el espíritu a
través del cultivo de las artes y, sobre todo, formaban conciencias.
Su pedagogía era sencilla: cercanía, paciencia, dulzura… …Su
misión era formar el corazón, enseñar a pensar, promover la
dignidad. Combinando una vida de piedad y dedicación al prójimo,
combatieron el abandono con la ternura de quien educa en nombre de
Cristo.
Para
la fe cristiana, la educación de los pobres no es un favor, sino un
deber. Los pequeños tienen derecho a la sabiduría, como exigencia
básica para el reconocimiento de la dignidad humana. Enseñarles es
afirmar su valor, darles las herramientas para transformar su
realidad. (72)
Acompañar
a los migrantes
En
el siglo XIX, cuando millones de europeos emigraban en busca de
mejores condiciones de vida, dos grandes santos se destacaron en la
atención pastoral de los migrantes: san Juan Bautista Scalabrini y
santa Francisca Javier Cabrini. Scalabrini, obispo de Piacenza, fundó
los Misioneros de San Carlos para acompañar a los migrantes en sus
comunidades de destino, ofreciéndoles asistencia espiritual,
jurídica y material. (74)
Empezó
de la nada la construcción de escuelas, hospitales y orfanatos para
multitud de desheredados que se aventuraban a buscar trabajo en el
nuevo mundo, sin conocer la lengua y sin medios que les permitieran
una inserción digna en la sociedad norteamericana, en la que a
menudo eran víctimas de personas sin escrúpulos. Su corazón
materno, que no se resignaba jamás, llegaba a ellos dondequiera que
se encontraran: en los tugurios, en las cárceles y en las minas».
[63]
En
el Año Santo de 1950, el Papa
Pío XII
la
proclamó patrona de todos los migrantes. (74)
La
Iglesia, como madre, camina con los que caminan. Donde el mundo ve
una amenaza, ella ve hijos; donde se levantan muros, ella construye
puentes. Sabe que el anuncio del Evangelio sólo es creíble cuando
se traduce en gestos de cercanía y de acogida; y que en cada
migrante rechazado, es Cristo mismo quien llama a las puertas de la
comunidad.(75)
Al
lado de los últimos
Los
más pobres entre los pobres —los que no sólo carecen de bienes,
sino también de voz y de reconocimiento de su dignidad— ocupan un
lugar especial en el corazón de Dios. (76)
Santa
Teresa de Calcuta… …«Queremos proclamar la buena nueva a los
pobres de que Dios les ama, de que nosotros les amamos, de que ellos
son alguien para nosotros, de que ellos también han sido creados por
la misma mano amorosa de Dios, para amar y ser amados. Nuestros
pobres son grandes personas, son personas muy queribles, no necesitan
nuestra lástima y simpatía, necesitan nuestro amor comprensivo.
Necesitan nuestro respeto, necesitan que les tratemos con dignidad».
(77)
En
Brasil, santa Dulce de los Pobres,... …La hermana Dulce enfrentó
la precariedad con creatividad, los obstáculos con ternura, la
carencia con fe inquebrantable. Comenzó acogiendo a enfermos en un
gallinero, y desde allí fundó una de las mayores obras sociales del
país. Atendía a miles de personas al día, sin perder nunca su
dulzura. Se hizo pobre con los pobres por amor al sumamente Pobre.
Vivía con poco, rezaba con fervor y servía con alegría. Su fe no
la alejaba del mundo, sino que la sumía aún más profundamente en
los dolores de los últimos.(78)
san
Benito Menni y las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de
Jesús, junto a las personas con discapacidades; a san Carlos de
Foucauld entre las comunidades del Sahara; a santa Katharine Drexel,
junto a los grupos más desfavorecidos de Norteamérica; a la hermana
Emmanuelle con los recolectores de basura en el barrio de Ezbet El
Nakhl, en la ciudad de El Cairo; y a muchísimos más… …No se
trata de “llevarles a Dios”, sino de encontrarlo entre ellos.(79)
Movimientos
populares
la
solidaridad «también es luchar contra las causas estructurales de
la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, la tierra y la
vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. (81)
CAPÍTULO
CUARTO
UNA
HISTORIA QUE CONTINÚA
El
siglo de la Doctrina
Social de la Iglesia
Con
la encíclica
Mater
et Magistra
(1961)
san
Juan XXIII
se
hizo promotor de una justicia de dimensiones mundiales: los países
ricos no podían permanecer indiferentes ante los países oprimidos
por el hambre y la miseria, sino que estaban llamados a socorrerlos
generosamente con todos sus recursos. (83)
San
Pablo VI,
con ocasión de la apertura de la segunda sesión del Concilio,
retomó el tema planteado por su predecesor respecto a la Iglesia que
mira con particular interés «a los pobres, a los necesitados, a los
afligidos, a los hambrientos, a los enfermos, a los encarcelados, es
decir, mira a toda la humanidad que sufre y que llora; ésta le
pertenece por derecho evangélico».(85)
En
la constitución
pastoral Gaudium
et spes,
actualizando la herencia de los Padres de la Iglesia ,
el
Concilio afirmó con fuerza el destino universal de los bienes de la
tierra y la función social de la propiedad que deriva de ello: «Dios
ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los
hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a
todos […]. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las
cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas,
sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a
él solamente, sino también a los demás. Por lo demás, el derecho
a poseer una parte de bienes suficiente para sí mismos y para sus
familias es un derecho que a todos corresponde. […] Quien se halla
en situación de necesidad extrema tiene derecho a tomar de la
riqueza ajena lo necesario para sí. […] La misma propiedad privada
tiene también, por su misma naturaleza, una índole social, cuyo
fundamento reside en el destino común de los bienes… …Esta
convicción fue impulsada nuevamente por san
Pablo VI
en
la encíclica
Populorum
progressio,
donde leemos que nadie puede considerarse autorizado a «reservarse
en uso exclusivo lo que supera a la propia necesidad cuando a los
demás les falta lo necesario». (86)
san
Juan Pablo II
en
la encíclica
Sollicitudo
rei socialis
escribe
también que hoy, vista la dimensión mundial que ha adquirido la
cuestión social, «este amor preferencial, con las decisiones que
nos inspira, no puede dejar de abarcar a las inmensas muchedumbres de
hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre
todo, sin esperanza de un futuro mejor: no se puede olvidar la
existencia de esta realidad. Ignorarlo significaría parecernos al
“rico epulón” que fingía no conocer al mendigo Lázaro,
postrado a su puerta (cf. Lc
16,19-31)».
(87)
Benedicto
XVI
se
hace más marcadamente política. Así, en la carta
encíclica
Caritas
in veritate
afirma
que «se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se
trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades
reales». (88)
Estructuras
de pecado que causan pobreza y desigualdades extremas
La
caridad es una fuerza que cambia la realidad, una auténtica potencia
histórica de cambio. (91)
Mientras
las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la
mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría
feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la
autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. ..
…La dignidad de cada persona humana debe ser respetada ahora, no
mañana (92)
Se
vuelve normal ignorar a los pobres y vivir como si no existieran. Se
presenta como elección racional organizar la economía pidiendo
sacrificios al pueblo, para alcanzar ciertos objetivos que interesan
a los poderosos; mientras que a los pobres sólo les quedan promesas
de “gotas” que caerán, hasta que una nueva crisis global los
lleve de regreso a la situación anterior. Es una auténtica
alienación aquella que lleva sólo a encontrar excusas teóricas y
no a tratar de resolver hoy los problemas concretos de los que
sufren. Lo decía ya san
Juan Pablo II:
«Está alienada una sociedad que, en sus formas de organización
social, de producción y consumo, hace más difícil la realización
de esta donación y la formación de esa solidaridad interhumana».
(93)
La
pregunta recurrente es siempre la misma: ¿los menos dotados no son
personas humanas? ¿Los débiles no tienen nuestra misma dignidad?
¿Los que nacieron con menos posibilidades valen menos como seres
humanos, y sólo deben limitarse a sobrevivir? De nuestra respuesta a
estos interrogantes depende el valor de nuestras sociedades y también
nuestro futuro. O reconquistamos nuestra dignidad moral y espiritual,
o caemos como en un pozo de suciedad. Si no nos detenemos a tomar las
cosas en serio continuaremos así, de manera explícita o disimulada,
legitimando «el modelo distributivo actual, donde una minoría se
cree con el derecho de consumir en una proporción que sería
imposible generalizar, porque el planeta no podría ni siquiera
contener los residuos de semejante consumo». (95)
Entre
las cuestiones estructurales —que no es posible imaginar que se
resuelvan de lo alto y que requieren ser asumidas lo antes posible—
está el tema de los lugares, los espacios, las casas y las ciudades
donde los pobres viven y transitan. (96)
Es
responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios hacer oír,
de diferentes maneras, una voz que despierte, que denuncie y que se
exponga, aun a costo de parecer “estúpidos”. … Siempre debe
recordarse que la propuesta del Evangelio no es sólo la de una
relación individual e íntima con el Señor. La propuesta es más
amplia: «es el Reino de Dios (cf. Lc
4,43);
se trata de amar a Dios que reina en el mundo. (97)
La
conversión espiritual, la intensidad del amor a Dios y al prójimo,
el celo por la justicia y la paz, el sentido evangélico de los
pobres y de la pobreza, son requeridos a todos, y especialmente a los
pastores y a los responsables. La preocupación por la pureza de la
fe ha de ir unida a la preocupación por aportar, con una vida
teologal integral, la respuesta de un testimonio eficaz de servicio
al prójimo, y particularmente al pobre y al oprimido». (98)
Los
pobres como sujetos
Todo
esto comporta la presencia de un aspecto en la opción por los pobres
que debemos recordar constantemente: esta opción, en efecto, exige
de nuestra parte «una atención puesta en el otro […]. Esta
atención amante es el inicio de una verdadera preocupación por su
persona, a partir de la cual deseo buscar efectivamente su bien. Esto
implica valorar al pobre en su bondad propia, con su forma de ser,
con su cultura, con su modo de vivir la fe. El verdadero amor siempre
es contemplativo, nos permite servir al otro no por necesidad o por
vanidad, sino porque él es bello, más allá de su apariencia. […]
Sólo desde esta cercanía real y cordial podemos acompañarlos
adecuadamente en su camino de liberación».(101)
Todos
reconozcamos «la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos
a través de ellos». [113]
Crecidos
en la extrema precariedad, aprendiendo a sobrevivir en medio de las
condiciones más difíciles, confiando en Dios con la certeza de que
nadie más los toma en serio, ayudándose mutuamente en los momentos
más oscuros, los pobres han aprendido muchas cosas que conservan en
el misterio de su corazón. Aquellos entre nosotros que no han
experimentado situaciones similares, de una vida vivida en el límite,
seguramente tienen mucho que recibir de esa fuente de sabiduría que
constituye la experiencia de los pobres. Sólo comparando nuestras
quejas con sus sufrimientos y privaciones, es posible recibir un
reproche que nos invite a simplificar nuestra vida. (102)
CAPÍTULO
QUINTO
UN
DESAFÍO PERMANENTE
Debemos
sentir la urgencia de invitar a todos a sumergirse en este río de
luz y de vida que proviene del reconocimiento de Cristo en el rostro
de los necesitados y de los que sufren. El amor a los pobres es un
elemento esencial de la historia de Dios con nosotros y, desde el
corazón de la Iglesia, prorrumpe como una llamada continua en los
corazones de los creyentes, tanto en las comunidades como en cada uno
de los fieles. La Iglesia, en cuanto Cuerpo de Cristo, siente como su
propia “carne” la vida de los pobres, que son parte privilegiada
del pueblo que va en camino. Por esta razón, el amor a los que son
pobres —en cualquier modo en que se manifieste dicha pobreza— es
la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios. De
hecho, cada renovación eclesial ha tenido siempre como prioridad la
atención preferencial por los pobres, que se diferencia, tanto en
las motivaciones como en el estilo, de las actividades de cualquier
otra organización humanitaria. (103)
El
buen samaritano de nuevo
Como
todos estamos muy concentrados en nuestras propias necesidades, ver a
alguien sufriendo nos molesta, nos perturba, porque no queremos
perder nuestro tiempo por culpa de los problemas ajenos. Estos son
síntomas de una sociedad enferma, porque busca construirse de
espaldas al dolor. Mejor no caer en esa miseria. Miremos el modelo
del buen samaritano». Las últimas palabras de la parábola
evangélica —«Ve, y procede tú de la misma manera» ( Lc
10,37)—
son un mandamiento que un cristiano debe oír resonar cada día en su
corazón. (107)
Un
desafío ineludible para la Iglesia de hoy
San
Gregorio Magno …«Todos los días, si lo buscamos, hallamos a
Lázaro, y, aunque no lo busquemos, le tenemos a la vista. Ved que a
todas horas se presentan los pobres y que ahora nos piden ellos, que
luego vendrán como intercesores nuestros. [...] No perdáis el
tiempo de la misericordia; no hagáis caso omiso de los remedios que
habéis recibido». (108)
Volvemos
a escuchar estas palabras de san Gregorio Magno: «Nadie, pues, se
cuente seguro diciendo: Ea, yo no robo lo ajeno, sino que disfruto
buenamente de los bienes que he recibido; porque este rico no fue
castigado precisamente por robar lo ajeno, sino porque malamente
reservó para sí solo los bienes que había recibido. También le
llevó al infierno esto: el no vivir temeroso en medio de su
felicidad, el hacer servir a su arrogancia los dones recibidos, el no
tener entrañas de caridad». (109)
No
es suficiente limitarse a enunciar en modo general la doctrina de la
encarnación de Dios; para adentrarse en serio en este misterio, en
cambio, es necesario especificar que el Señor se hace carne, carne
que tiene hambre, que tiene sed, que está enferma, encarcelada.
(110)
Es
necesario recordar que la religión, especialmente la cristiana, no
puede limitarse al ámbito privado, como si los fieles no tuvieran
que preocuparse también de los problemas relativos a la sociedad
civil y de los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. (112)
La
peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención
espiritual […]. La opción preferencial por los pobres debe
traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y
prioritaria. (114)
Aún
hoy, dar
La
limosna,.... No sólo no se practica, sino que además se desprecia.
Por un lado, confirmo que la ayuda más importante para una persona
pobre es promoverla a tener un buen trabajo, para que pueda ganarse
una vida más acorde a su dignidad, desarrollando sus capacidades y
ofreciendo su esfuerzo personal. El hecho es que «la falta de
trabajo es mucho más que la falta de una fuente de ingresos para
poder vivir. El trabajo es también esto, pero es mucho, mucho más.
Trabajando nosotros nos hacemos más persona, nuestra humanidad
florece, los jóvenes se convierten en adultos solamente trabajando…
…Por otro lado, si aún no existe esta posibilidad concreta, no
podemos correr el riesgo de dejar a una persona abandonada a su
suerte, sin lo indispensable para vivir dignamente. Y, por tanto, la
limosna sigue siendo un momento necesario de contacto, de encuentro y
de identificación con la situación de los demás. (115)
A
san Juan Crisóstomo se le atribuía esta exhortación: «La limosna
es el ala de la oración; si no le das alas a la oración, no
volará». (118)
Hay
que alimentar el amor y las convicciones más profundas, y eso se
hace con gestos. Permanecer en el mundo de las ideas y las
discusiones, sin gestos personales, asiduos y sinceros, sería la
perdición de nuestros sueños más preciados. Por esta sencilla
razón, como cristianos, no renunciamos a la limosna. Es un gesto que
se puede hacer de diferentes formas, y que podemos intentar hacer de
la manera más eficaz, pero es preciso hacerlo. Y siempre será mejor
hacer algo que no hacer nada. En todo caso nos llegará al corazón.
No será la solución a la pobreza mundial, que hay que buscar con
inteligencia, tenacidad y compromiso social. Pero necesitamos
practicar la limosna para tocar la carne sufriente de los pobres.
(119)
Dado
en Roma, junto a San Pedro, el 4 de octubre, memoria de san Francisco
de Asís, del año 2025, primero de mi Pontificado.